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04/07/1999 / José Luis (@iusufr)

Demagogia


Democracia es un término cuyo origen se remonta a la Grecia clásica. En tiempos de Solón y Pericles esta palabra significaba gobierno de todos y, por extensión, régimen participativo. En la Atenas de aquella época los ciudadanos tenían la obligación de intervernir con sus decisiones en el devenir de la ciudad-estado o polis en la que habitaban y el incumplimiento de tal presupuesto era merecedor del peor de los castigos, como el exilio forzoso.
Los órganos que regían este sistema se constituían de forma proporcional y representativa y sus funciones eran tan dispares como juzgar la legitimidad de una norma (lo que hoy vendría a ser la constitucionalidad) o arbitrar entre particulares toda clase de conflicos.
Sin embargo, aunque a simple vista pudiera pensarse que aquel era un sistema perfecto, la democracia helena se caracterizaba también por la existencia de un importante sector de la población (esclavos y extranjeros) que, al no poseer el título de ciudadanía, carecía de los derechos más elementales. Nadie mejor que Sócrates podía explicar esta contradicción: “la democracia, en sentido extricto no existe; es un ideal que hay que perseguir y mejorar constantemente”.
Más de veinte siglos después poco o nada de aquello ha cambiado. Las democracias de hoy, las del Estado del Bienestar, siguen presentando importantes contradicciones. La concentración de poder en manos únicamente del Estado, desde el orden público hasta la Justicia, la Educación o la defensa militar, hace de la representatividad ciudadana un simple espejismo, situación que favorece la satisfacción de intereses corporativistas en detrimento del beneficio general.
Esos excesos legítimos y constitucionales son más preocupantes a medida que el desencanto ciudadano incrementa los datos de abstención electoral y la no participación, y todo ello en favor de una clase política que con demasiada frecuencia olvida consulutar al pueblo cuestiones fundamentales, como la inclusión de un país en una zona libre de cambio o en una organización militar cuando su principal fuente de ingresos procede, precisamente, de los poderes públicos.
Más inquietante aún es el hecho de que determinadas minorías, desde grupos profesionales -como médicos, pilotos y jueces-, partidos y organizaciones marginales, hasta sectores económicos concretos, vean a menudo satisfechas sus reivindicaciones a costa de los intereses generales.
Frente a todo ello se impone una fácil solución: no aceptar el chantaje. Sócrates no lo hizo. De ahí que su nombre resuene en el tiempo más allá que una democracia, la griega, hoy reducida a escombros.
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