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17/03/2003 / José Luis (@iusufr)

El miedo


Amenazan los vecinos del Hospital con impedir la construcción de un centro para ex-toxicómanos en su barrio. Sostienen, con toda la legitimidad del mundo, que si el proyecto se lleva a cabo no estará garantizada ya la seguridad de sus hogares y la de sus propios hijos.
Nada puede recriminárseles. El miedo, como suele decirse, es libre y el suyo me parece tan digno como el de quienes se manifiestan contra un nuevo conflicto en el Golfo Pérsico o el de aquellos que llegan a encadenarse para que no levanten un campo de tiro, un cementerio nuclear o una planta de reciclaje junto a su pueblo.
Muchos de ellos, estoy convencido, son ciudadanos ejemplares. Separan de manera conveniente la basura, apadrinan niños del Tercer Mundo, utilizan bombillas de bajo consumo y, por qué no, subvencionan gustosamente con sus impuestos la presencia de Cascos Azules españoles en el extranjero.
Las gentes del Hospital ignoran que su temor no es suyo. El alma, escribió hace escasos años uno de los codescrubidores del ADN, reside en algún punto de nuestro cerebro, navega entre neuronas empujada por contínuos estímulos químicos. Y puesto que es ella -la conciencia- la que mueve nuestra vida, la que nos hace amar u odiar, disfrutar o padecer, no me extrañaría que el rechazo de los vecinos al centro de inserción tampoco les fuera propio.
La vida, según la ciencia post-académica, no es más que una triste combinación de genes, condiciones ambientales e, incluso, azar.
Me pregunto, a la luz de estos descubrimientos científicos, qué desafortunada fórmula en “ebullición”, qué oscura fórmula les habrá llevado a levantar sus protestas. Sospecho que su espíritu, desgraciadamente, ha perdido esa capacidad de saberse uno mismo para transformarse en un objeto más de estudio -frío, anodino, ingrato- de cuantos nutren los departamentos universitarios de neorología.
A mí el miedo de estos vecinos me da pavor ¿Quién dice que un día no seamos otros los que amenacemos la seguridad de sus colegios, jardines y aceras con nuestro simple derecho a recuperar el hálito humano, a rehacernos como ciudadanos de bien?
Espero, si es que aún puedo atribuirme esa potestad, no verlos nunca en el trance de rehacer su existencia, menos áun hundidos por la droga: espero que nunca se encuentren en su camino con albaceteños ejemplares dispuestos a negarles su dignidad, su futuro, su alma.
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