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17/03/2003 / José Luis (@iusufr)

Impermanencias


Miserable principio ese que explica que todo, absolutamente todo, está condenado a extinguirse. Les digo esto porque, haciendo válida la teoría, hoy mi teléfono móvil ha expirado. Dice un amigo, que nada entiende de sentimientos y sí mucho de economía, que este tipo de cacharros salen ya de fábrica con algún martillazo de más para que, siguiendo una precisa y secreta fórmula capitalista, acaben pronto en la basura. Curiosa forma de progresar la nuestra.
Los analistas, esas personas del mundo de la diplomacia y las finanzas que todo lo adivinan menos el futuro político del mundo y la evolución de la Bolsa, sostienen que para crecer económicamente hay que “sabotear” la producción y estimular el gasto innecesario y compulsivo. Afirman que hay que fomentar la competencia, como si no tuviéramos ya bastante con la de la oficina, liberalizar los mercados y flexibilizar la mano de obra -espero que no sea la mía, porque hace tiempo que se quedó tonta de tanto rascar el bolsillo-.
Está claro que en este sistema si quieres hacer algo antes tienes que deshacerlo o hacerlo mal y del revés, como bien saben nuestros jefes. Así, por ejemplo, podemos recortar un poco las plantillas de Policía y sustituirlas por escoltas privados, mejor si son expeditivos y están a sueldo de algún ministro-empresario. Luego, cuando la inseguridad ciudadana se haya desbordado, podemos prometer ¡más policías! y esperar a que el Espíritu Santo ilumine otra vez las urnas.
Ahora imaginemos que ese retorcido mecanismo se aplica al ferrocarril. Habrá trenes que descarrilen, por citar algún problemilla aislado, pero, eso sí, siempre nos quedará el argumento del gamberrismo y del sabotaje.
Los ingredientes son fáciles: abrir el sector a la competencia, empezar la disimulada privatización de RENFE, como denuncian los sindicatos del ramo, recortar los gastos de mantenimiento y despedir a funcionarios que, poco más tarde, habremos transformado por arte de magia en jóvenes explotados de una ETT.
La gracia radica en que, desde hace tiempo, la compañía pública cobra a los sufridos ciudadanos una llamada “tasa de seguridad”, que este año, además, ha vuelto a incrementarse.
No se lo niego: a veces tengo ganas de imitar a esas lúcidas mentes globalizadas. Lo mismo un día me ven pegando martillazos a su coche y, al día siguiente, aparezco cobrándoles la pintura del arreglo. Eso sí. Prometo no jugar con su seguridad y, menos aún, acoquinarles con el tema del antrax.
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