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31/03/2003 / José Luis (@iusufr)

Olivia Sabuco


La soledad no es mejor castigo que el silencio y, sin embargo, no falta quienes la prefieran. En ella, escribió Olivia Sabuco de Gante, se halla “lo que muchas veces se pierde en la conversación” aun a riesgo de que lo que se encuentre sea únicamente la locura.
La humanidad ha crecido durante siglos al abrigo de esta máxima. Santos, sabios y poetas revolucionaron el mundo desde su retiro, en compañía sólo de una triste vela, recogidos en el trabajo de su pluma.
Sabuco de Gante nació en Albacete. Su libro, Nueva Filosofía de la Naturaleza del Hombre, dedicado a Felipe II, la convirtió en verdadera precursora de la moderna neurocirugía. Ella, por primera vez, enunció la teoría sobre la transmisión de los impulsos cerebrales. Sin embargo, su condición femenina y la supuesta codicia de su progenitor, el famoso “Bachiller Sabuco”, terminaron por borrarla de las páginas médicas y por otorgar la paternidad de sus descubrimientos a la escuela renacentista británica.
La Inquisición, además, se encargó de eliminar otra de sus aportaciones, propias sólo de un nuevo genio renacentista: la idea de que para entender la naturaleza del hombre es necesario antes conocer las causas empíricas -alimentación, condiciones ambientales…- que hacen que éste viva y enferme, al margen de las supersticiones medievales.
Cuatrocientos años después de su muerte su nombre nos sigue resultando extraño, ajeno y desconocido a los albaceteños. Tal desatino secular, curiosamente, coincide con un momento clave de nuestra urbe: la inauguración de la Facultad de Medicina y la futura ciudad sanitaria.
Mucho se ha hablado de las oportunidades de crecimiento económico y de bienestar que este recinto habrá de despertar. Políticos, científicos y personalidades de toda índole han bautizado con sus palabras, con sus eruditas conversaciones, las primeras piedras de este gran complejo y, sin embargo, igual que en el peor de los silencios, ninguna de ellas recuerda a Sabuco de Gante.
La fortaleza del cuerpo está indisolublemente unida al espíritu, escribió la intelectual albaceteña desde su terrible soledad histórica. De igual forma, pienso yo, un pueblo sin memoria no puede tener alma y, en consecuencia, no puede tener salud. Sólo le quedarán los templos.
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