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07/04/2003 / José Luis (@iusufr)

El fin del mundo


No sé qué extraña fuerza, qué péndulo terrible y gigantesco hace que cada mil años se revuelva este planeta ya de por sí convulso. La prueba, como de costumbre, la tenemos en la parrilla de televisión: brujas, magos y otros profesionales de lo oculto asaltan cada noche el espectro local para, a punta de profecías caseras, extender el pavor y la conmoción entre los “masocas” de turno.

Uno se pregunta, a la luz de esas misteriosas gemas del futuro y esos remotos astros del mañana, si el “más allá” no estará más acá de lo que esperamos, si nuestro siglo no tendrá ya grabada en la tapa estratosférica su fecha de caducidad. El saldo telefónico, por desgracia, nunca llega tan lejos como quisiera la operadora del programa correspondiente así que, a falta de respuestas, he de apañarme con los miedos de toda la vida.

Lo admito. No me gustaría que se desinflara de repente el globo y el Apocalipsis me pillara en pelotas, recién levantado, junto a la cafetera; menos aún que apareciera una nave espacial con medio barrio dentro y en feliz huida, cada uno con su billete y caras de afortunados gilipuertas, mientras aquí el menda se calienta las manos con el vapor de la infusión, ajeno al horrible destino que le espera.

Hace sólo un par de años pronosticó Stephen Hawking que un virus terminaría con la raza humana. No dijo ninguno en concreto pero, gracias a científicos como él, o como el que explicó recientemente que el núcleo de la Tierra se está apagando, la Humanidad puede por fin irse tranquila a la cama a soñar con exóticas gripes asiáticas, meteoritos mega estelares y sunamis de lo más guay.

Pienso si no sería mejor enviarlos a todos a presentar anuncios de detergente, como hacen algunos, en lugar de andar por ahí sembrando vientos y clonando al guarda jurado de Waco.

Espero que si la catástrofe me sorprende pueda al menos seguir en directo su retransmisión, ya sea por solidaridad con los analistas de audiencia. Ese día, avísenme, quiero abrir bien los ojos para que nada estropee mis mejores pesadillas.

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