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21/07/2003 / José Luis (@iusufr)

Los ilegales


No hay mentiras piadosas ni medias verdades. Detrás de cada silencio o de cada dato incompleto subyace una oscura motivación. Ningún asunto escapa a esta terrible fórmula, menos aún si es de interés nacional. Un ejemplo lo tenemos en la inmigración.
Los voceros oficiales -grandes expertos en certezas absolutas- se empeñan en ofrecer la peor imagen posible de este fenómeno. Relacionan con harta frecuencia la llegada de extranjeros con el aumento de la delincuencia y la inseguridad ciudadana, lo cual, entre otras ventajas, nos permite mirar el futuro con mejor conciencia aunque, eso sí, con mayor dosis de temor ¡Qué mejor forma de fomentar el consumo! Las grandes superficies y los servicios de seguridad privada pueden atestiguarlo.
Sin embargo, ese esfuerzo sutil y tenebroso, que de vez en cuando nos salpica con algún norteafricano muerto en las playas de Algeciras o con alguna chacha dominicana apaleada en el extrarradio de Madrid, constituye también un grave ejercicio de irresponsabilidad.
Se explica desde los altares mediáticos que los inmigrantes trafican con droga, que están habituados al delito y que no respetan los Derechos Humanos. Ahora bien: no se dice por qué los “moros” se transforman automáticamente en maravillosos jeques cuando acuden a Marbella -aunque sea a traficar con armas-, o por qué los mayores consumidores de cocaína son los occidentales de altos ingresos y no los centroamericanos, o por qué hay todavía jueces y alcaldes a los que la violencia doméstica preocupa menos que la Ley regional de Farmacias.
La inmigración es un pozo de medias verdades. Algunas -las que nunca nos cuentan- revelan que si los miles de subsaharianos y ciudadanos del este de Europa que trabajan clandestinamente en España lo hicieran al amparo de la Seguridad Social el futuro de las prestaciones sociales estaría garantizado.
Pero eso, claro está, no interesa, así que mejor será que pensemos en un plan privado de pensiones, como ahora se nos vende, y sigamos creyendo nuestras propias mentiras; por ejemplo, que no somos racistas.
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